Cuando investigaba la historia de la ciudad de Federación y el traumático traslado de todos sus habitantes, Néstor Frenkel percibió que el arco de esa historia se correspondía con los avatares que había sufrido el país a lo largo de las últimas décadas. Sin ánimos de cargar de más las tintas sobre ese paralelo que sin embargo lo ayudó a organizar la enorme cantidad de material registrado para su documental, en su presentación de la película en el BAL (el Laboratorio Buenos Aires, espacio de encuentro entre directores y productores que se realiza todos los años en el marco del Bafici) escribió unas líneas sobre este paralelo: “La particular historia de este pueblo retrata casi a la perfección los últimos años de la historia de mi país y de otros de Latinoamérica”, dice Frenkel en ese texto de presentación. “Un gobierno dictatorial en los años ’70 que ‘represa’ a un pueblo, y lo hace desaparecer, borrando casi por completo su identidad y sumergiendo a una generación en una incesante búsqueda de la memoria perdida. Le siguen el proceso de desindustrialización y la crisis de los ’90, y luego el resurgimiento”.
¿Qué nivel de conciencia política había en la ciudad en los años del traslado?
–El tema de la relación del pueblo con la dictadura es resbaloso; para meterse había que hacerlo a fondo y eso hubiera terminado por tomar la película. Hay que tener en cuenta que si bien fueron los militares quienes tiraron abajo la ciudad, el proyecto era de treinta años atrás, de Perón. Y que fue retomado en 1973, nuevamente con Perón en el gobierno. Pero de pronto se encontraron con que iban a tirar abajo la ciudad, pero no había un proyecto para una nueva ciudad: sólo se iba a indemnizar a sus habitantes y que se fueran a donde quisieran o pudieran; o se los iba a trasladar a unos monoblocs en las afueras de Concordia, a unos 50 kilómetros de ahí. Entonces se armó una comisión, con Ernesto Silvestri (uno de los personajes más conspicuos la película), y se plantaron firmes; vinieron a Buenos Aires y exigieron hablar con (el ministro del interior) Harguindeguy y con Videla. Y los escucharon, y les hicieron la ciudad, no me preguntes por qué. Y Videla es el único presidente que pisó Federación, fue y cortó la cinta, y fue a la última misa en la iglesia de la vieja ciudad y ahí están sus fotos en los museos de la ciudad. Era todo un tema, y yo hice hablar a la gente del tema y los filmé, pero o nos metíamos a fondo, o iban a quedar como “el pueblo de los videlistas”, que no lo es. Creo que hubo una cierta inconsciencia global; siento que la problemática que vivieron era algo tan único que los convirtió en un planeta aparte, y no se los puede culpar. Estaban tan preocupados por sus propios problemas que la historia grande les pasó un poco de costado.
Como testimonio de la conciencia que algunos federaenses tomarían más tarde de aquella inconsciencia, Frenkel conserva una grabación de Guido “El Tábano” Cornu, el “gaucho termal”. La escena no entró en la película pero ya fue elegida para estar entre los extras de su eventual edición en dvd. “Cornu cuenta la historia de la manifestación a Buenos Aires. Como las obras de Salto Grande avanzaban y la construcción de la Nueva Federación no empezaba, había inquietud y malestar entre los federaenses. Entonces algunos partieron a Buenos Aires para pedir que los recibiera Videla. Se dieron cita enfrente de la Casa de Gobierno; algunos salieron en sus autos, otros en tren, pero cuando llegaron eran menos de 15, sin carteles ni nada, y durante el día pasaron absolutamente desapercibidos. A la tarde se envalentonaron y encararon, y cuenta Cornu que el granadero les decía por lo bajo: ‘No sean boludos, rajen de acá, no saben lo que están haciendo’. ‘Después nos enteramos de que Videla mataba gente y secuestraba’, dice Cornu en esa escena en una confesión de lo más franca. ‘Entonces no lo sabíamos, incluso comimos un asado con él. Vino varias veces, y la gente acá encantada. El primer intendente que vino acá en el ’83 tenía una foto con Videla atrás de su escritorio que se la hicimos sacar nosotros después’”.
LA MUDANZA INTERMINABLE
La historia del traslado dio lugar a infinidad de anécdotas, algunas de un nivel de absurdo increíble, que no entraron en la película. Por ahí se ven los planos para la nueva ciudad, que, cuenta Frenkel, se modificaron ostensiblemente durante el larguísimo lapso transcurrido hasta que se concretó la destrucción/construcción. “Hubo un primer proyecto para la ciudad”, dice el director, “en el que las manzanas tenían calles intermedias. El proyecto de Perón incluía estas diagonales, y centros de reunión, era una especie de proyecto socialista; pero todo eso los militares lo sacaron, por supuesto. Esos corredores interiores debían ser vistos como un lugar en el que se podían esconder los subversivos”. Las nuevas casas se adjudicaron según un número de variables en el que entraba en juego “la tasación, el sueldo, la cantidad de gente que había en la familia. La mayoría de la gente quedaba endeudada, aunque con los años esas deudas se licuaron”. Pero si hay una medida temporal en la historia de la nueva Federación, es la década: “Una década transcurrió hasta que los arbolitos crecieron y pudieron echar alguna sombra, y las calles estuvieron asfaltadas, y hubo escuela y hospital y sabías dónde vivían tus amigos. Porque lo cierto es que por tristeza o por locura, durante diez años los federaenses no salieron de sus casas”.
“Hoy el traslado continúa –dice Frenkel–. Del otro lado quedaron los aserraderos que no cerraron. Y como la gente humilde de Federación hoy trabaja en los restoranes o en los hoteles del boom turístico, no hay masa obrera para esos aserraderos. Entonces ahí van a laburar los habitantes de provincias más pobres, y algunos llegan y se arman una chocita y después van a la Municipalidad y dicen: ‘Somos de la Vieja Federación, múdennos’. Porque la del traslado es una ley que sigue vigente. Así que mientras para un lado crece el polo turístico, para el otro se crean nuevas pequeñas federaciones”.
EL DOCUMENTAL INFINITO
La riqueza de historias con que se encontró Frenkel le abrió los ojos a muchas películas posibles, varias radicalmente distintas de lo que terminó siendo Construcción de una ciudad. “La primera vez que estuve allá hice el viaje en el barquito turístico que pasa por encima de la vieja ciudad –cuenta–. La guía del barquito te cuenta la historia de este viejo, Félix Matiazzi, que se resistió a irse de su vieja casa. Entonces me tomé un remise que llegaba hasta allá y fui a verlo. En ese momento aún no había perdido la memoria. Y ésa fue la primera película que se me ocurrió: la del distinto, el héroe, el tipo que resistió las topadoras. El señor que mira la nueva ciudad desde enfrente, a través del agua. Era una película más épica. Pero la historia no era tan como me la habían contado, y el hombre desmejoró rápidamente. Vi películas que machacan sobre un personaje que está senil y es algo que me da cosa. Aunque quedó esa pequeña escena que me gusta y que sirve como contrapunto entre lo que vende el turismo y la realidad.”
Otra de las películas que no fueron es la del hombre que se empeña en trasplantar varias especies de árboles de la vieja ciudad a la nueva, y se encuentra con que el algarrobo no se adapta: el desarraigo. “Iba a ser una película más poética, melancólica, redonda. Un documental más visual, silencioso, de paisajes, con el viejito de ojos claros en la naturaleza. Era metafórica, me daba el paralelismo perfectito, con el tema de arrancar el árbol, trasladarlo, tratar de que se adapte, verlo morir; y hasta tenía un final esperanzador cuando plantaba un nuevo árbol desde la semilla en la nueva ciudad. Hubiera andado en muchos festivales. Pero mi arma es el humor, y yo no me veía con esa película.”
NOTA DE MARIANO KAIRUZ publicada en el suplemento Radar de Página 12 en abril del 2008.-